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Historia general

Cómo Sasha arrancó 8 teclas de mi portátil

Ocho teclas de portátil retiradas, colocadas en fila sobre un escritorio

El comienzo

Sasha acababa de cumplir tres años. Trabajábamos en un juego todos juntos. Las niñas probaban, yo estaba en el portátil arreglando código. Sasha sentado cerca, dibujando en un papel, balanceando las piernas.

Salí de la habitación a la cocina para servirme otra taza de café instantáneo. Tres minutos, no más.

La escena

Vuelvo — y veo: mi portátil abierto e indefenso, y sobre la mesa… en fila perfecta, con precisión militar, yacen las teclas. Retiradas con cuidado, dispuestas como en un museo.

Conté ocho.

C, B, N, M, «>», «?/», Alt derecho y Fn.

Sasha sentado con orgullo, señala las «piezas de exposición» y dice:

— Papá, las arreglé.

Miré dentro del teclado. La mayoría de las teclas pude volver a ponerlas — simplemente encajaron en su sitio. Pero cuatro teclas se rindieron sin luchar: M, «?/», Alt derecho y Fn. Se rompieron las pequeñas «mariposas» de plástico — los frágiles soportes que mantienen la tecla en su lugar.

Desde entonces en mi Asus TUF FX504 esas teclas han quedado así para siempre. Una de ellas — M — se mueve, pero se puede pulsar. Las otras tres nunca volvieron a colocarse.

Reflexión

Y sabes… no sé enfadarme con los niños. Regañar — sí, a veces, siempre con razón. Pero enfadarme — no.

Sasha no quería romper el portátil. Quería ayudar. Lo desmontó — e intentó volver a montarlo. Eso no es caos. Es exploración. Curiosidad. El deseo de entender cómo funciona el mundo.

A menudo regañamos a los niños por las cosas rotas, pero a veces detrás hay simplemente un sincero «quiero saber cómo funciona esto». Para entenderlo, basta recordarse de niño. Cuántas cosas se desmontaron — y muy pocas volvieron a montarse.

Tengo dos primos. Un verano, mientras su padre aún dormía, se colaron en el garaje muy temprano por la mañana y desmontaron por completo un motor. Luego todos juntos tardaron mucho en volver a montarlo. Pero esa es otra historia.

La moraleja

Cuando miro estas teclas que se mueven un poco — especialmente la M, que aún me sirve fielmente — recuerdo: nuestro proyecto no va de código perfecto y mecánica impecable. Va de nosotros. De cómo aprendemos, nos equivocamos, reímos y seguimos adelante. Incluso con tres teclas perdidas para siempre.

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